LAS PRINCESAS ROSAS Y LOS PRINCIPES AZULES…

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LAS PRINCESAS ROSAS Y LOS PRINCIPES AZULES…

Tan agraviado y desprestigiado, como anhelado y necesitado, el amor de pareja es el tipo de amor más controvertido que existe. En él, intervienen dos (a veces más) personas que habitualmente no han crecido a la par y que arrastran consigo sus propias experiencias y sus particulares formas de querer. El resultado de congeniar a dos seres así, a lo monótono, puede resultar nocivo o enormemente enriquecedor. La realidad que existe bajo todo esto y que es lo que afecta de una forma negativa a la gran mayoría de las relaciones de pareja, es la siguiente: si no se tiene amor por uno mismo (y esto es extensible a ser capaz de amar todo lo que es el mundo en sí) es imposible concebir un buen amor de pareja. Por lo menos, uno que valga la pena. Si uno no tiene amor a nada en su interior, es la nada lo único que puede compartir y por tanto lo que resulte de tal vacío será poco más que un ejercicio de horror erróneamente llamado “amor”. De la gran carencia de amor propio se elevan, a modo de ideales, las preciosas figuras del príncipe azul y la princesa rosa. Encarnaciones de los ideales del ego, fantasías narcisistas, disfraces temporales que adoptamos para lograr un reconocimiento de otros que nosotros mismos no sabemos darnos. Cuando en un ser humano, vemos a un todopoderoso ser ideal, nos sentimos engrandecidos por una mirada que nos reafirma en una falsa estimación. Dejamos en manos de otras personas la visión que tenemos de nosotros y les conferimos un poder abstracto durante el tiempo que dura el proceso idealizador. Pero, mientras no construimos nuestra autoestima, seguimos haciéndolo. Condenados a un ciclo repetitivo de sobreevaluación y decepción. Incapaces de amar a una persona imperfecta. Eternamente solos, incompletos, esperando por “el hombre ideal” o “la mujer ideal” que venga a darnos la felicidad que nos merecemos.
Los príncipes azules y las princesas rosas son, además, el signo de una pésima educación emocional. Nos preguntamos por qué nos educan para sobresalir, para competir, para consumir, para ganar y nadie incluye en los programas académicos el educarnos para ser felices.
Así, delegamos en la vida la responsabilidad de poner por delante la misma piedra cuantas veces haga falta para que desaparezcan todos los príncipes y las princesas, aunque sea a patadas. Y hasta puede que algún día lleguemos a la última piedra: y abramos los ojos para empezar a amar a todos esos brujos y brujas fascinantes que también son como nosotros.